Legado sagrado

No veía la hora de estar de regreso en las profundidades de mi laboratorio y eso que habían pasado tan solo cinco minutos desde el desembarco. Con mi bolsa de monedas sustancialmente drenada me disponía a ingresar en la ciudad, violando la cuarentena gracias a la buena voluntad de aquel empleado de la aduana, a quien había pagado por mantener mi presencia fuera de sus recuerdos y a la modesta embarcación que me había llevado hasta allí, fuera de sus libros.

TERRORSUSPENSO

Mathias

5/8/202418 min read

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No veía la hora de estar de regreso en las profundidades de mi laboratorio y eso que habían pasado tan solo cinco minutos desde el desembarco. Con mi bolsa de monedas sustancialmente drenada me disponía a ingresar en la ciudad, violando la cuarentena gracias a la buena voluntad de aquel empleado de la aduana, a quien había pagado por mantener mi presencia fuera de sus recuerdos y a la modesta embarcación que me había llevado hasta allí, fuera de sus libros.

Para cuando el eco de la madera comenzó a resonar con el avance de mis pasos, la oscuridad ya abrazaba a la ciudad entera. Era el único que caminaba por ese hermoso muelle, el más grande que jamás había visto tan lejos del océano. El toque de queda se había vuelto absoluto después de que las autoridades locales lo pusiesen en vigencia, prohibiendo así el desplazamiento de civiles hasta que una nueva misiva dijese lo contrario. A causa de esta orden muy pocos faroles se encontraban encendidos por las calles de la ciudad, fundiéndola todavía más con ese firmamento estrellado y carente de luna.

La emergencia sanitaria se había declarado hacía semanas ya, haciendo que en las calles solo pudiese observarse algún cuerpo dejado atrás, restos servían de alimento para numerosos cúmulos de ratas. Tenía entendido que habían otros médicos de la plaga pululando por los callejones, pero más que brindando asistencia al pueblo, más bien se dedicaban a recoger a esos a quienes la peste negra había conseguido arrebatarles la vida. Estos “colegas”, a diferencia de los pocos que veníamos de casas importantes, carecían de cualquier tipo de instrucción médica o capacidad alguna de salvar una vida, tratándose la mayoría de ellos, de hombres dispuestos a ganarse una buena suma de dinero realizando el trabajo que nadie más quería ejercer. Destacándose de entre estos a algún carpintero con cierta predilección por las amputaciones, donde su finesa con el serrucho lo favorecía a la hora de eliminar una extremidad gangrenada. Al menos estos últimos conseguían brindar algún tipo de servicio a cambio de la paga que recibían, en cambio los más apegados a la doctrina de la iglesia, solían ejercer otro tipo de prácticas… «menos invasivas», podría decir por falta de mejores palabras. No fue en una sola oportunidad que presencié cómo un doctor azotaba con su bastón a un enfermo, alegando que esa asoladora plaga era un castigo divino y que adoptando alguna forma de penitencia los curaría o los mantendría inmunes a la muerte negra.

Era mi primera vez en esa ciudad, y buscando referencias con la intención de ubicarme observé a mis alrededores. Río arriba en la lejanía podía llegar a ver un puente cruzando la amplia masa de agua y hacia mi derecha una imponente torre que majestuosa se elevaba hacia el cielo, edificación que los locales llamaban La Torre de Oro. Pero lo más notable del paisaje emergía justo desde el centro de la ciudad como un faro posicionado sobre una colina, torreón que parecía pertenecer a La Iglesia Mayor, cuya envergadura me serviría como baliza a la hora de alcanzar las cercanías de la muralla Este.

—La botica debería estar cerca de la Puerta del Sol —le dije a mi acompañante mientras le entregaba un puñado de monedas como pago por sus servicios.

—Conozco el lugar señor, llegaremos rápidamente —comentó y me hizo señas para que nos dirigiésemos en dirección al Norte en lugar de ingresar por la puerta más cercana.

El tránsito por las estrechas calles estaba estrictamente restringido, pero curiosamente no había demasiados soldados dispuestos a exponerse a los enfermos con tal de asegurar que esa norma se respetara en lo más mínimo. Por suerte para ellos su presencia tampoco era del todo necesaria, ya que todos los habitantes que tuviesen la posibilidad deseaban exactamente lo mismo que ellos, mantenerse lo más alejados que les fuese posible de cualquier foco infeccioso. A mí tampoco me causaba la menor gracia estar en ese sitio en ese preciso momento y a diferencia de la gran mayoría de mis excursiones por las ciudades asoladas, en esta ocasión en lugar de estar motivado por la contribución monetaria de algún acaudalado benefactor, lo que me impulsaba a adentrarme en esos parajes era lo segundo en mi escala de prioridades. Eso era, justo después del dinero, mi insaciable búsqueda por el conocimiento oculto.

Para empeorar la situación el invierno estaba azotando la región con toda su crudeza, calándome con sus continuas ráfagas cada hueso de mi cuerpo por debajo de mi traje. Mientras caminábamos por las calles de tierra procuraba seguir de cerca al monaguillo que escoltaba mi camino, ya se había guardado en uno de sus bolsillos mi paga y se movía a paso apresurado al tiempo que pasábamos justo por la gran Puerta del Arsenal. El áspero roce de sus sandalias sobre las calles de tierra era lo único que podía oírse en los alrededores, despertando en mí cierto sentimiento de paranoia e inseguridad. Lo cierto era, que pretendía hacer de mi tránsito por esa ciudad un paseo de lo más discreto y eso implicaba no solo realizar el menor ruido posible para no llamar la atención, sino también no dejar rastro alguno de mi breve visita. Cada centímetro de mi piel estaba cubierta como medida de protección contra la plaga, haciendo imposible que alguien me reconociese físicamente, en cuanto al escudo de la casa Clamenz que estaba grabado en mi maletín, decidí cubrirlo con un pañuelo negro que siempre cargaba en mi bolsillo.

El muchacho me tomó del brazo y me arrastró hacia un callejón justo antes de arribar a la catedral, allí un grupo de personas se estaba ocupando de cargar dentro de una carreta una pila de fallecidos, que por la reacción previsora de mi guía y el gesto de repulsión en su rostro, pude llegar a la conclusión de que llevaban realizando esa peligrosa tarea durante semanas. Por suerte para mí, las hierbas aromáticas que cargaba dentro del pico de mi máscara filtraban esos olores fétidos y me protegían de la Miasma, la cual estaba comprobado era la forma en que esa devastadora enfermedad se esparcía. Sus dedos inquietos jugaban con la cuerda del cíngulo mientras observaba en todas direcciones, aunque algo me decía que el verdadero motivo de su nerviosismo era mi presencia y no la enfermedad o ser descubierto por los soldados de la guardia.

En mis manos cargaba una lámpara de aceite cubierta por una gruesa tela, la cual descubría en ciertas partes del trayecto para al menos conseguir ver en donde apoyaba mis pies en los tramos donde la oscuridad era absoluta. En esos callejones sólo podía oírse nuestros pasos, además de alguna ocasional y horrenda tos proveniente desde detrás de alguna puerta, o la respiración agitada de mi escolta. También estaban los fortuitos chillidos producidos por algún fugaz roedor. Levanté la lámpara por encima de mi cabeza con la intención de iluminar el callejón de tierra por el que nos abríamos paso, mismo estrecho pasaje de piedra por el que nos habíamos introducido con la intención de esquivar las custodiadas inmediaciones de la catedral. El halo de luz parecía hacer que la espesa oscuridad se retirase a medida que avanzábamos, exactamente igual que lo hace el agua con el opaco aceite, revelando poco a poco el camino por delante. Asustadas por nuestra intrusión una manada de roedores, como si fuese una marea pasó por encima de nuestros pies en dirección a la calle principal. En mis décadas de médico había sido testigo de una gran variedad de escenas horribles, pero esa manta de pelo moviéndose al unísono era una de las pocas que no conseguía superar.

—¿No te preocupa que te muerdan? —le pregunté incrédulo al monaguillo al ver las sandalias que llevaba, cuyas tiras de cuero poco hacían para tapar sus pies, dejándolas a merced de las bestias. Si no fuese por mi máscara él hubiese sido testigo de la mueca de asco y dolor en mi rostro.

—Dios me protege de todo mal —respondió—, no hay enfermedad que pueda afectar a los puros de alma

Respuesta que me sorprendió y aclaró varias de mis dudas al mismo tiempo, fue entonces que comprendí cómo era que él y otros de su clase se movían por la ciudad tan campantes, con la confianza y seguridad de que ese manto divino e invisible les proporcionaría un escudo impenetrable hacia cualquier amenaza. Sentí la necesidad de contarle cuántas veces había visto a un Obispo morir envenenado o un cura falleciendo por disentería, aunque probablemente hubiese encontrado en su repertorio de doctrinas alguna explicación para todos esos decesos entre sus colegas.

—Me llamo Marco —dijo sin previo aviso. No tenía intenciones de interactuar con él, manteniendo esa relación a una estricta compañía profesional, como tantas veces lo había hecho en el pasado, pero los años parecían haber ablandado esa vieja cáscara en donde mi alma anidaba, haciendo que por esas épocas buscara inconscientemente la «amistad» en cuanta persona se me acercase.

—Soy Cornelius Clamenz —me limité a decir, aunque el nombre que me había puesto mi madre era muy similar al suyo.

—¿Que lo trajo por estos horribles lugares?, seguramente no lo parezca ahora pero esta es una hermosa ciudad

—No dudo que lejos de la temporada de ratas y cadáveres lo fuese —dije justo cuando una de estas criaturas intentaba trepar por mi bota, la cual hice estrellar contra una pared luego de propinarle una patada— …es una historia muy larga, digamos que solo vengo a retirar una mercancía de la tienda a la que me está llevando.

—Debe ser algo muy importante para valer la pena todas estas molestias

Mi antiguo maestro había arribado a la ciudad desde el Este ya hacía décadas atrás, atraído por las mismas promesas de éxito que tentaron a tantos otros antes que a él, mercaderes y hombres de negocios por igual eran llamados hacia el interior de esas murallas como el polen a las abejas, tentados por las mismas promesas de éxito que perseguían sus colegas. Esa ciudad bañada por las aguas del río Guadalquivir demostraba un auge económico y una potencia cultural como pocas veces se había visto en todo el continente. Fehramir desarmó su laboratorio y mudo toda su botica para establecerse junto con su hijo en una gran tienda cerca de La Puerta del Sol. Luego de morir el viejo por su avanzada edad, su hijo se cambiaría el nombre para continuar con el legado de su padre. Una de las tantas similitudes que yo compartía con ese joven, cuando mi padre fue liquidado por la peste negra yo cambie mi nombre de nacimiento (Marcus) por el de Cornelius, manteniendo así a los Clamenz en la conciencia pública, haciendo que la cartera de clientes siguiese solicitando los servicios de Cornelius como si este nunca hubiese abandonado el mundo de los vivos.

—Recuerdo la última vez que lo vi —pensé en voz alta recordando mi visita final al laboratorio de mi mentor—, tenía ese mismo turbante amarillento sobre su cabeza, creo que no se lo quitaba ni para dormir y la barba tan larga y áspera que casi parecía un arbusto blanco colgándole del mentón.

—Supongo que se refiere al dueño de esa tienda, no llegue a conocerlo

—Creo que solo vivió unos pocos años más después de que se mudara a la ciudad, yo lo visité en su antiguo laboratorio un poco antes de que decidiera emigrar.

Cada tantos años me gustaba visitar al viejo, le tenía cierto cariño, después de todo habían sido años de trabajo en su cocina, aprendiendo la creación de todo tipo de ungüentos y pociones. Aquella última vez sus ojos estaban completamente teñidos de blanco y las arrugas en su rostro parecían las marcas de un viejo tronco. «Este libro es tuyo» me dijo en aquella oportunidad dejando caer un pesado tomo sobre la mesa, arremolinando una capa de polvo que se desplazaba lentamente por los haces de luz que entraban desde el tragaluz. «Tu abuelo me lo regaló y cuando llegue el momento quiero que vuelva a donde pertenece», el grueso tomo tenía un sol labrado sobre su curtida cubierta de cuero, con filigranas en los bordes y símbolos de azufre en cada uno de sus rayos, sobre el lomo en color dorado se dibujaban unos glifos que jamás había visto en todos mis años de estudio, siendo incapaz de identificarlo como cualquier otro tipo de lenguaje escrito. La cubierta tenía un candado incorporado y la única llave reposaba en un cajón en la mansión Clamenz.

Instintivamente me llevé la mano hacia uno de mis bolsillos, donde la carta de Fehramir II reposaba, solicitándome, entre otras cosas, que fuese a recuperar el dichoso libro ya años después del deceso de su padre. Tomé entre mis manos ese pedazo de papel y lo recorrí con los ojos buscando indicaciones sobre cómo llegar a su tienda, planteándome muy seriamente la posibilidad de continuar el resto del camino por mi cuenta.

—¿Qué significa ese escudo? —preguntó curioso él, señalando con el dedo el dorso del escrito.

Impreso en la parte trasera y entrecortándose por los pliegues de la hoja podía verse un escudo, donde en el centro de este yacía la figura de una serpiente mordiéndose la cola y una serie de letras que conformaban la palabra «Irónicamente» escrita justo en la parte inferior de dicho escudo.

—¿La serpiente? — pregunté

—Sé lo que simboliza el Uróboros, lo que no entiendo es cómo se relaciona con esa palabra.

Su respuesta me sorprendió, si, los monjes eran de los individuos más letrados en la sociedad, sin embargo, a pesar de poseer acceso a todo el conocimiento que sus extensas bibliotecas albergaban, muchos de ellos no se preocupaban siquiera en adquirir ese tipo de sabiduría.

—¿No es irónico una serpiente que se come a sí misma? —respondí casi instintivamente, pero la respuesta no pareció complacerlo, es más, parecía haberse ofendido por la manera en la que lo había subestimado—…es un anagrama de «Renacimiento»

—Oh, interesante, adoro los anagramas —dijo Marco y esas exactas palabras me produjeron una sensación de deja vu tan fuerte, como pocas veces había experimentado.


«Adoro los anagramas» había dicho el encapuchado durante nuestro último encuentro. «La verdadera alquimia está en las letras, cambiar una sílaba allí, retocar una frase por allá, esa es la esencia de la transmutación». «Prefiero que el objeto de mis transmutaciones me proporcione poder, como oro ilimitado, o la vida eterna» le respondí impulsivamente. En esa época todavía contaba con exceso, tanto de cabello, como de ansias de gloria y sin lugar a dudas, estas últimas opacaban ampliamente cualquier tipo de cualidad que pudiese llegar a tener en mí persona, si es que contaba con alguna para empezar. «Las palabras son combinaciones de símbolos, están cargadas de intención, tienen el poder de modificar la realidad, así como la capacidad de alterar la mente de una persona, o incluso el poder de sanar… o de dañar» dijo elevando el dedo mayor hacia mí a modo de ejemplo.

Tomé la vela que se encontraba en el centro del candelabro y encendí las que reposaban en sus otras dos ramas, buscando tiempo para que una respuesta a la altura de la conversación llegase a mi mente, evento que jamás sucedió, aunque eso no lo previno de continuar con su monólogo. «Nada tangible persiste eternamente, toda materia se descompone, la verdadera inmortalidad está en las ideas que cada texto almacena y de cómo estas trascienden generaciones mutando levemente, saltando de un pensador e influenciando al siguiente, la inspiración es el combustible que mueve a la humanidad». El fulgor de las velas iluminaban la mesa y los opacos ropajes que él vestía, pero de alguna manera las llamas no conseguían penetrar la oscuridad insondable en la que estaba imbuido su rostro, cuyas facciones intenté vislumbrar por última vez. «…en cada uno de nuestros encuentros, jamás me dijiste tu nombre» dije sin encontrar mejores palabras con las cuales aportar a su sublime discurso, situación que sumada a mi incapacidad por identificarlo, me llenaba de frustración. «Posiblemente esta sea nuestra última charla, así que me parece justo sepas como me llamo» dijo mi interlocutor de etérea identidad «Elastren Promeya Nesou».


Un silbato hizo eco en una de las calles principales por la que justo atravesábamos y sobresaltado por los gritos de dos guardias dándonos la orden de alto me puse en guardia. Enseguida me percaté que todavía tenía la lámpara al descubierto, del susto apagué la llama y eché a correr detrás de mi escolta, siguiendo su trayecto lo mejor posible en esa total carencia de luz, guiándome más que nada por el sonido de su apresurado paso. Detrás, las botas de nuestros perseguidores parecían tan cercanas que casi podía imaginar a uno de sus brazos aferrándome del hombro en cualquier instante. En medio de la carrera tomé impulso y estampé la lámpara contra el suelo haciéndola añicos, liberándome de paso de ese peso que solo conseguía desbalancearme. Unos metros más adelante otra de las calles principales se abrió ante nosotros. La ansiedad del momento sumado a los claustrofóbicos callejones por los que nos veníamos moviendo hizo que me paralizara al salir a la amplitud de ese camino, haciendo que experimentara una especie de agorafobia al encontrarme tan al descubierto. Había perdido de vista al pequeño monje, pero enseguida pude ubicarlo en una bocacalle cercana mientras este me hacía señas con la mano en alto. Detrás de mí el aparatoso ruido de una estantería desarmándose me hizo reaccionar y trastabillando seguí corriendo en dirección de mi guía. Gritos de dolor e insultos emergían del oscuro callejón, casi podía imaginar a ambos soldados envueltos por esas pesadas piezas de armadura desparramados sobre el suelo encharcado en aceite, por suerte para ellos había apagado la llama por error o lo que hubiese detenido su carrera hubiese sido un muro de fuego. Me alegra no haber tenido que recurrir al fuego para escapar, los incendios eran un peligro constante en las ciudades modernas, donde las edificaciones parecían crecer sin control hacia cualquier espacio disponible que encontraran, como si se tratase del propio monte salvaje, cuya verde voracidad avanza en todas direcciones en una explosión de vida y progreso.

—Ya estamos cerca —dijo él agitado, yo tenía las manos apoyadas sobre mis rodillas y encorvado luchaba desesperadamente por llenar mi pecho en un jadeo desenfrenado y constante.

—No… recuerdo… la última vez… que corrí tanto —conseguí pronunciar una vez mis pulmones parecían un poco más saciados y mi corazón menos apresurado—, de verdad espero que ese maldito libro valga las molestias.

—¿Un libro? —preguntó con tono sorprendido. «Mierda» pensé yo.

—Pagué por tus servicios, no es de tu incumbencia que negocios me trajeron a tu ciudad, apenas tenga lo que vine a buscar me iré por donde vine, no te preocupes por eso.

—Los médicos se creen que tienen las capacidades divinas de sanar, cuánta soberbia —negaba con la cabeza, en su rostro podía leerse con total claridad una inconmensurable decepción— el cuerpo es algo sagrado, y ustedes lo profanan con sus encantamientos y sus cuchillos.

—La pasividad del clero no va a sanar a nadie, rezar por la vida de un enfermo no va a liberarlo de sus penas, a menos que una muerte rápida sea el mejor uso de la palabra «liberación» —le respondí con la misma indignación que él sentía por mí, pero la batalla de argumentos que podía llegar a desatarse a raíz de ese tema no tenía cabida en ese momento—. Yo solo quiero ayudar al prójimo como ustedes, y este no es un buen momento para debatir sobre el tema.

Mentí descaradamente. Si era cierto que últimamente mi balanza había comenzado a equilibrarse hacia el lado de la filantropía, pero durante la mayor parte de mi carrera como médico lo único que consiguió motivarme fue la egoísta búsqueda por conocimiento, así como la remuneración recibida por atender a quien pudiese costear mis servicios. Al menos mi retórica había conseguido su objetivo, apaciguar momentáneamente al monje para así poder terminar de una vez con los asuntos que todavía me mantenían en esa ciudad.

Continuamos avanzando por la desierta e iluminada calle, el viento soplaba con suavidad desde el sur llenando esa noche de invierno de humedad y aroma salino. Casi podía sentir el sabor del Atlántico en mi boca, filtrándose a través de todas las hierbas que tenía por delante de mí rostro.

—Es aquí —dijo una vez nos paramos en seco.

Sin mayor intención de retomar la previa discusión, le entregué el resto de la paga sin mediar palabra alguna más que la de agradecimiento por sus servicios. Enseguida me introduje en una especie de zaguán que separaba la habitación principal de la vía pública. Golpeé la puerta interior y espere unos instantes antes de volver a llamar, en ningún momento recibí respuesta, así que aprovechándome de esa gran confianza que tenía con los dueños puse mi mano sobre el pestillo e ingrese sin mayor preámbulo. Eran extrañas horas para recibir visitas y precavido para no recibir una saeta en la cabeza, me introduje por la abertura con la cabeza gacha.

La edificación repleta de columnas y los elaborados arcos que las unían resultaban todo un espectáculo a la vista, no había punto de comparación con las otras grandes ciudades del continente, la arquitectura sureña era simplemente majestuosa. Me sentí tentado a sentarme en la banca junto a la entrada y quedarme admirando la pequeña fuente que en el centro de esa especie de patio se elevaba, de esta, cuatro pequeñas esculturas similares a leones derramaban agua sobre canales en el suelo y de allí se repartía el líquido hacia cada extremo del recinto.

Con cuidado abrí la puerta dejando entrar el aire helado, la luz del exterior se deslizó lenta y anaranjada por el suelo de la tienda como una sábana de seda sobre la piel desnuda. Solo unos pasos en el interior, la tenue iluminación consiguió revelar un cuerpo que yacía tirado junto al mostrador, aunque su silueta era escasamente visible en esa penumbra que nos envolvía. Me arrodillé junto al individuo, palpé con la yema de mis dedos su cuello y también sus axilas, mis ojos no me eran de mucha utilidad en ese preciso momento y no me atrevía a remover mi máscara como para adquirir esa tan relevante información, que el aroma puede llegar a revelar de un cadáver. En mi previa búsqueda no encontré protuberancias por ninguna parte, así que recorrí su cráneo y el resto de su torso con mis manos, y para finalizar intenté flexionar sus extremidades. Dos cosas me quedaron en claro tras esa breve análisis; por una parte, y teniendo en cuenta la rigidez de su musculatura y su avanzado estado de descomposición, podía afirmar que llevaba en esa condición de rigor por al menos una semana, suponiendo que el frío intenso hubiese sido constante durante todos esos días transcurridos; y por otra parte, el motivo de defunción claramente no era la peste, los amplios y finos hoyos que hendían sus costillas me lo dejaban claro.

La puerta se golpeó con violencia y de un salto giré en dirección a la abertura, ya no se veía el exterior, en su lugar estaba el monje con una antorcha en una mano y un cuchillo en la otra. Me puse de pie lentamente y permanecí inmóvil aguardando por su siguiente movimiento.

—No van a venir más de los tuyos cuando termine contigo, ¿tengo razón? —La antorcha iluminaba la mitad de su rostro revelando una mirada desencajada, la otra mitad estaba sumida completamente en la oscuridad—, desde que ellos se establecieron en este lugar comenzaron las enfermedades

—Miles de personas se establecieron en la ciudad en los últimos años, el problema es el hacinamiento en el que están viviendo

—No lo creo, una vez vi el estado en que quedó el cuerpo de un hombre envenenado, se parece mucho a como quedan después de «la peste» —dijo en un tono de voz que comenzaba a sonar cada vez más amenazante— y solo Dios sabe qué hacen en estos laboratorios infernales, o lo que están invocando en esos rituales paganos que realizan en sus sótanos.

—…está bien, me rindo —dije levantando las manos— si puedo encontrar el perdón divino mostrándote cómo combatir a los demonios que controlan estos rituales, que así sea

—No puedo perdonarte la vida y que sigas por el mundo esparciendo estas enfermedades que los de tu clase tanto se benefician en curar —dijo blandiendo la antorcha y cortando el aire.

—Solo arroja la antorcha en medio de la habitación y te muestro cómo deshacerte de esta influencia infernal.

Dudó por un instante, pero la antorcha terminó rodando por el suelo hasta detenerse justo entre medio de nosotros, sus pequeñas lenguas de fuego serpenteaban chasqueando en la silenciosa habitación, dibujando con su fulgor un círculo de luz sobre los intrincados diseños de la cerámica y proyectando una gran sombra detrás del monje, cuya silueta negra danzaba al compás de las llamas.

—Los humanos somos seres imperfectos, por más que llevemos milenios matándonos entre nosotros, lo cierto es que no necesitamos ayuda alguna para dejar de existir —dije y lleve mi mano hacia el mostrador de la tienda—, la muerte es tan parte de la vida como comer o respirar, no tengo motivos para envenenar a alguien para después venderle el antídoto, la naturaleza se encarga de deshacerse de nosotros sin asistencia de nadie.

El gran frasco de vidrio se deslizó por la mesada de madera y voló directo a la antorcha, estrellándose a su lado, desperdigando por el suelo lo que fuese su contenido y apagando las llamas en el proceso. En plena oscuridad desenfundé la daga de los Clamenz, removiéndola de mi pequeño talabarte en donde su fiel acero siempre reposaba, y para cuando el eco de las baldosas cesaron de resonar con el avance de mis pasos, mi filo yacía insertado hasta al mango justo a un lado de su esternón.

Abrí la puerta y esperé allí de pie hasta que su pecho se desinfló una última vez, entonces, recuperé la paga que mi guía claramente ya no necesitaba y lamentando no poder enterrar a mis viejos amigos de la botica, emprendí el camino de regreso al muelle. Fahramir II y el resto de su equipo de trabajo requerían unos ritos funerarios muy específicos como para ser ejecutados por mí en ese preciso momento, dictámenes de la religión que profesaban donde varios ritos debían llevarse a cabo en determinado orden y a su determinado tiempo. Lo más sencillo hubiese sido cremarlos como lo hacían sus vecinos en el lejano Norte, pero en este caso no existía mayor ofensa que pudiese efectuar sobre esos cuerpos, que enviarlos al otro mundo envuelto en llamas.

Mi monedero volvía a estar lleno nuevamente, ese dinero recuperado me seria de utilidad para sobornar a las autoridades del muelle una vez estuviese de regreso en casa, permitiéndome violar la cuarentena una vez llegase la hora de desembarcar. No podía esperar al momento de sentarme en mi laboratorio y poner mis manos sobre esa llave y sobre los misterios que ese gran tomo contenía. Mi nombre es Cornelius Clamenz, tercero con el nombre, único heredero de la casa Clamenz, adalid de la muerte y guardián de todos sus secretos.