Tiempos dificiles
Han sido tiempos difíciles estos últimos años, el hambre y la pobreza asolan estas tierras. Los ciudadanos temerosos permanecen en sus hogares, aguardando con la ilusión de que la penuria algún día culmine.
FANTASIASUSPENSO
Mathias
4/24/20265 min read
Han sido tiempos difíciles estos últimos años, el hambre y la pobreza asolan estas tierras. Los ciudadanos temerosos permanecen en sus hogares, aguardando con la ilusión de que la penuria algún día culmine. La vieja capital, antes rebosante de vida, ahora carece de movimiento, sobre sus calles empedradas descansa una delgada capa de nieve, reluciente y cegadora con las primeras luces del día. Desperdigados por encima de esta manta blanca, miles de pequeños papelitos humedecidos se niegan a despegar a pesar de la intensa brisa matutina.
A la tarde solo unas pocas columnas de humo negro consiguen romper la monotonía del infinito cielo sombrío, elevándose como delgados barrotes frente a los campos pálidos y los edificios descoloridos. Las llamativas tiendas ya no lucen sus coloridos escaparates al público, en lugar de eso todo permanece inerte, petrificado.
Pocos dejan el calor de sus moradas con el fin de mantener con vida el fuego de la industria, satisfaciendo así el apetito insaciable de la maquinaria bélica. Las manos fuertes que no habían conseguido volar con el viento hacia tierras más fértiles, ahora aferraban rifles entre sus dedos, dejando relegados a los martillos y otras herramientas cotidianas para algunos escasos viejos y niños.
Una escena diferente se presentaba en los confines de la vieja y derruida parroquia, cuyos cimientos aun aguantaban en las cercanías de la estación ferroviaria. Alrededor de este edificio parecía concentrarse todo el movimiento de la zona. Allí, una interminable fila de cansados hombres aguarda en sus puertas, sus frágiles carcazas visten abrigos que cubren casi la totalidad de su piel, incapaces de emitir sonido alguno más que el involuntario quejido arrancado por alguna resignada dolencia. De sus bocas solo salía una espesa nube de vapor, lo único que tenían todavía por ser arrebatado, su aliento.
Personal armado mantiene el orden, dejando entrar a los individuos a medida que estos abandonan el edificio por la puerta trasera. En el interior, la decoración humilde apenas sirve para mejorar la moral de los recién llegados. Las pequeñas cruces de madera que adornan los muros carecen del poder suficiente como para conseguir despegar esas miradas del suelo, ni siquiera la pintura de la virgen que tímidamente se posa sobre una repisa lo consigue.
Muchos de estos civiles llevan panfletos en sus manos, promesas que toman forma de papel amarillento, los símbolos impresos sobre este alimentan sus mentes con la idea de comida caliente, ropa seca y el orgullo de servir a su nación.
Rostros vacíos y mentes perdidas aguardan la orden de “siguiente”, palabras que provienen del oficial apostado detrás de una mesa, nadie allí se atrevía a cuestionar su autoridad, pues al parecer los pedazos de metal que ostenta sobre el pecho le otorgan la autoridad, la de decidir sobre la propia vida de sus jóvenes compatriotas.
Temerosos de uno en uno se dirigen a la esquina derecha del mueble, donde, con sus datos un formulario es rellenado justo antes de recibir la firma final.
Como todos los mortales presentes, mi retoño hace el recorrido sin pronunciar palabra alguna, garabatea sobre el final de la hoja y tras esto se le indica con un gesto que dé un paso a la derecha.
– Chaqueta, pantalón, botas –dice el uniformado, a la vez que la indumentaria es colocada en ese orden sobre sus brazos extendidos. Sigue avanzando hasta detenerse delante del siguiente teniente.
– Rifle de reglamento, municiones –Al instante, le es colgada al hombro por medio de una correa la enorme arma de fuego, dentro de sus botas se vacían varios cartuchos del calibre correspondiente.
-Puede retirarse soldado -pronuncia con brusquedad mientras con la mano llama al próximo.
Sin más opciones, como expulsado de una línea de producción el iniciado abandona la sagrada casa, al aproximarse a la salida el párroco lo detiene y en ese mismo instante lo bendice, un muy breve bautismo antes de dirigirse al combate. “Como si un poco de agua bendita y las palabras de un decrepito viejo le concedieran la entrada al cielo” pronuncio en voz alta con desprecio.
“Los novatos deben ir a las barracas, cambiarse, tomar una cena para luego ser despachados en el próximo tren” Suena en el megáfono cercano.
En una habitación diminuta ingresan uno tras otro, allí se desvisten a toda prisa para colocarse la ropa camuflada que les había sido otorgada. Con dificultad y a toda prisa ajustaban cordones y abrochaban botones, sus dedos torpemente manipulaban los distintos materiales al compas del castañeo de sus dientes. Tras abandonar el cuartito y correr por la nieve ingresan a la sala de espera de la estación, mientras el lejano silbato de un tren notifica de su cercano arribo. EL lugar había sido reacondicionado dotándolo de un nuevo propósito, las largas filas de bancas ahora estaban ocupadas por rústicas mesas, mientras que en la pared mas cercana los soldados hacían fila frente a lo que alguna vez fue un puesto de revistas. Cuando a mi protegido le tocó su turno, un tazón de latón lleno de engrudo y un trozo de pan de dudosa antigüedad ocuparon casi todo el espacio en esa diminuta bandeja que sostenía con ambas manos. Sentado sobre una tabla sin respaldo se encorva sobre la bandeja de un descolorido plástico azulado asimilando los aromas de esa especie de ensopado de extraña consistencia. Lejos de quejarse, más bien parecen encantados por el hecho de tener un plato caliente frente a ellos, el rostro de mi chiquillo se humedece, tras dejarlo por tiempo prolongado sobre el vapor que emana del líquido.
-Soy el cadete 101.145 -menciona con orgullo un pobre infeliz en la mesa aledaña, intentando, sin mucho éxito, de alzar su ego.
Una vez en los andenes, como ganado aguardando el camión que los lleve al matadero, el recién formado escuadrón se encuentra de pie al borde del andén, amontonados por la falta de espacio y por las heladas ráfagas de viento que azotan el descampado. No muy lejos vuelve a oírse el silbato haciendo eco en las cumbres cercanas, captando la atención de todos los cadetes, quienes giran al unísono sus pesadas cabezas. La locomotora se abre paso a través de la niebla y disminuye lentamente su velocidad con un prolongado chirrido, deteniéndose completamente con una extensa liberación de vapor blanquecino, que se escurre por las vías y sobre el suelo del andén, como quien deja escapar un largo suspiro al desplomarse en un sillón tras un largo día de trabajo.
Sin demora los cuerpos abordan, llenando lentamente los vagones.
“Espero tener más suerte con este, no quiero quedarme desempleado como los que esperan en el andén opuesto” pienso en voz alta. En ese momento sostengo a mi pequeño del hombro, obligándolo a esperar, después de todo el transporte no se ira sin él, hay algo importante que necesito mostrarle.
Mientras tanto, otro ferrocarril se acerca hacia el andén opuesto. Sus puertas se abren y al disiparse el vapor comienzan a descargan un sinnúmero de largos cajones desde los silenciosos vagones, estos féretros son apilados sobre el suelo formando altas hileras de tosca madera. Cerca de estos y desde una distancia adecuada, mis colegas recientemente desocupados observan todo el procedimiento llevarse a cabo, preparándose para acompañar a sus hombres en un último viaje. Desplegando sus alas y guiándolos hasta la gran reja Dorada, donde padre los espera.
